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Cinco de septiembre de 2011.


Una estrepitosa lluvia y azota sobre los más mojados. Estimulando aún más el sentimiento de orfandad de aquellos cuales han perdido sus hogares y artículos queridos en días lejanos a lo que sería la historia vigente que afecta el norte del Distrito Federal y lo que colinda con él: el Estado de México y sus dos municipios mayormente poblados en sus capacidades con una leve tersura demográfica.

Con una tiesura, la naturaleza aborda una de las más prolíficas obras de cotidianidad, en los márgenes de extinción habitacional en las afueras de una línea de metro, expuesta a los atravanques del clima.

Tropel de lluvia que se forma esperando su turno de desahogar sus concentrados en una sola superficie que encierra las afueras de un canal que ha resultado de ser, el paraíso de un perro boxer que corría en círculos a cazar patos salvajes que provenían de países pelágicos de la América fría y del estulto ingenio para predicar futuros urbanos; como cuando mi padre era jovenzuelo y me contaba de estas proezas que hacía al recorrer llanos vacíos, allá en los años de 1970. Sólo él, su perro y un río jerarca pero manso.

Recuerdo entonces, aquél Río de los Remedios de 1995 y de 2009, un exánime pluvial que se ha transformado en un estrujado andar de aguas negras. Cortando vertical una avenida que desahoga de la misma manera, un pluvial de automóviles que marchan día con día a las entrañas de una capital que sigue en movimiento, con el eximio del retorno que se hace notar a las 3 y 6 e la tarde, cuando sus habitantes mexiquenses, recorren de nuevo este corte, llamado Hank González. Líder de un grupo de quiméricos y lujosos ejemplos de vialidades que resultaban tales como torres de naipes.

A la etapa de 1975, tanto la "Central" como el Río, mostraban que sus fauces, no podían sostener la res que tanto tiempo les tomó por cortejar.
Notables fueron los cálculos para darle éste dulce toque de urbaneidad, pero tristemente, se fue perdiendo en este gris y chueco color del hormigón. 2010 y 2011, dieron pautas a exageradas noticias boquirrubias que apelmazaban la credibilidad electoral de los mexiquenses; de los citadinos del norte de la capital, bueno, a ellos les tocó tener unas calles empanizadas de cal, pero con la misma historia.

Una broa de autos en tránsito lento y de caudales varados de basura, daban el panorama a lujosas unidades, donde más que inseguridad y falta de agilidad automotriz en marcha, nos daban un tierno y rollizo desbordamiento a titánicas marejadas.
No nos hace falta remembrar a los años dónde el Río de los Remedios, solamente cargaba con residuos industriales; dado que en aquél entonces, sólamente se observaba un tinte perenne que terminaba en las afueras del aquél tan famoso Xochiaca.

Hace entonces más de 133 años, que aquél Río de los Remedios, al sur del municipio de Ecatepec y afueras de la delegación Gustavo A. Madero, que sigue percutiendo una historia negra como sus aguas.

Y difícilmente, con unas coaliciones de desastres de éste tipo, nos abordamos a unos cuantos kilómetros con una colindante de Nezahualcoyótl, que si fuésemos unos urbanos activos, sabríamos que la línea amarilla del sistema colectivo de color naranja, éste, nos hace arribar a la tan famosa parte del Arenal. Dónde, por más de diez años, las aguas han tomado una parte significante de la superficie.

Como gobios uniformados de telas teñidas y zapatos con hormajes altos y forrados de un plástico obscuro, nos adentramos a las aguas con unas escobas ordinarias a tratar de desinflar esta marejada que hoy en día, las aguas negras nos constipan.

Siendo uno de los testigos accidentales de estas graves inundaciones, remontando a la historia dónde hasta el mismo "Gengis Hank" en 1976 le tocó adefagar culpas.

Citando ya de costumbre a la mujer de singularidad excelente, la señora Sabina:

Lo que es del agua, el agua se lo lleva.

Y así es, que la historia siga y si no se aprende, que se repita.



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